Taiwán da una victoria contundente a su presidenta

Internacionales .

Se sobrepasaron los pronósticos. La presidenta de Taiwán, la progresista Tsai Ing-Wen, de la que Pekín recela, repetirá mandato otros cuatro años tras imponerse con una victoria aplastante en las elecciones presidenciales de este sábado sobre su rival más próximo, el conservador populista Han Kuo-Yu, del Kuomintang, alcalde de Kaohsiung, la segunda ciudad taiwanesa. Tsai ha logrado algo insólito entre los dirigentes democráticos que aspiran a la reelección: ha vencido con más rotundidad aún que hace cuatro años. Sus más de ocho millones de votos, 2,5 millones más que su rival, baten un récord en la historia electoral de la isla.

Con el 100% escrutado y la mayor participación desde 2008 (un 75,2%), Tsai logró 8,17 millones de votos (57,1%), frente a los 5,5 (38,6%) de su competidor. Hace cuatro años había logrado 6,8 millones de votos (el 56,12% de los sufragios). Su partido, el Demócrata Progresista (DPP), también mantiene la mayoría absoluta en el Parlamento unicameral de 113 escaños, aunque en la contienda legislativa el resultado ha sido mucho más ajustado: un 34,02% para el DPP, frente al 33,32% del Kuomintang.

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El triunfo de Tsai —que ha supuesto un giro de 180 grados con respecto a las elecciones locales de hace 14 meses, en las que su partido obtuvo la peor derrota en años en unas municipales— envía un firme mensaje a Pekín, que considera a la isla parte inalienable de su territorio y amenaza con usar la fuerza para que así sea si lo considera necesario. La presidenta, que mantiene pésimas relaciones con el Gobierno chino, se ha presentado durante la campaña como la candidata capaz de defender la democracia y la identidad taiwanesa frente a una China pujante y autoritaria que reprime con dureza las ansias de democracia en Hong Kong y haría lo mismo en la isla.

En su rueda de prensa para celebrar el triunfo, la candidata reiteraba el mensaje de campaña que la ha conducido al éxito: «Pekín debe entender que un Taiwán democrático, con un Gobierno democrático, no va a ceder ante las amenazas y la intimidación», subrayaba.

Más de un 80% de los taiwaneses rechaza la idea de la unificación, según las encuestas. La mayoría —entre la que se encuentra la propia Tsai— se inclina por mantener la situación actual, una independencia de facto aunque sin declarar la secesión, que podría desencadenar una violenta respuesta de China.

En su intervención, la presidenta hizo un llamamiento al resto de los países para que consideren a Taiwán «un socio y no un problema» y le permitan una mayor participación en la comunidad internacional. «Creemos que podemos contribuir al beneficio y la prosperidad» del mundo, afirmó. Desde la llegada de Tsai al poder, Pekín ha aumentado la presión sobre la isla, a la que ha arrebatado siete aliados diplomáticos —solo le quedan 15— y ha puesto trabas a su integración en organismos internacionales.

Su rival ha acusado a Tsai de perjudicar a la economía taiwanesa con su distanciamiento de China, el mayor socio económico de la isla, y aboga por una recuperación de los lazos, que vivieron su mejor momento durante el mandato del último presidente del Kuomintang, Ma Ying-jeou (2008-2016).

Es un argumento con el que, a principios de este año, Han logró aventajar en una veintena de puntos en las encuestas a la presidenta y que ha calado hondo en un sector del público: “El Partido Comunista de China dice que la República Popular es la auténtica China. El Kuomintang dice que la República de China (nombre oficial de Taiwán) es la verdadera. Nunca se van a poner de acuerdo. Pero hablan. Y mientras hablan, no se pelean. Nosotros estamos seguros y las dos partes podemos hacer negocio. Con Tsai, las empresas que dependen de sus clientes chinos se están hundiendo”, comentaba Tsui Chunhao, un empleado de transporte de 63 años.

Pero esa tendencia se invirtió este verano, cuando a una serie de errores personales del alcalde conservador se le unió el estallido de las protestas en Hong Kong. “Tsai es quien mejor nos puede proteger. El Kuomintang quiere acercamos demasiado a China y que seamos demasiado iguales a la China continental. Pero nosotros no somos chinos, somos taiwaneses”, sostenía Jean Shaw, una entusiasta partidaria de la presidenta en la cincuentena, antes de acudir a votar en una jornada de cielos despejados y alta participación.

Jean Shaw alude a una discrepancia que se remonta a 1949, cuando los comunistas de Mao Zedong derrotaron en la guerra civil china a los nacionalistas de Chiang Kai-shek, que se refugiaron en Taiwán. El territorio había quedado bajo soberanía china cuatro años antes, tras la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial. Ambas partes continuaron considerándose representantes legítimos del Gobierno de toda China. Los setenta cambiaron la ecuación: Pekín pasó a ocupar el asiento correspondiente a China en Naciones Unidas, que hasta entonces ocupaba Taipéi, y el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, se acercó a un Gobierno chino ya enfrentado irremisiblemente con Moscú.

Además de su mensaje contundente en la defensa de la identidad taiwanesa, Tsai se ha beneficiado de la buena marcha de la economía, que en el tercer trimestre de 2019 creció un 2,9%, más que los otros “dragones” asiáticos tradicionales (Corea del Sur, Hong Kong y Singapur) y de un programa progresista que ha convertido a la isla en el primer lugar asiático en aprobar el matrimonio homosexual.

En el exterior de la sede del DPP, a medida que avanzaba la tarde y se confirmaba la clara victoria de la presidenta, la atmósfera se volvía cada vez más festiva. Miles de personas con banderas verdes, el color del partido, se daban cita para festejar el triunfo, coreando lemas como “¡Taiwán va a ganar!”.